domingo, 15 de marzo de 2009

El triunfo de lo inespecífico

Acabo de terminar de ver La ganadora. Es una película de 2005, estrenada en 2007 en España y fue un fracaso comercial absoluto. Seguro que muchos la consideran como una de las típicas películas que Tele5 o Antena3 te sueltan por las tardes de sábado o domingo y que contribuyen a nuestras mejores siestas. En este caso la moda de la estética de los 50-60 se alía con la no menos en boga de películas de concursos para ofrecernos The prize winner of Defiance, Ohio.

Me imagino que de no ser por Julianne Moore sería cierto. Y lo sería más si nos ponemos las gafas de ver esas películas americanas basadas en un hecho real. Con esos hechos reales que solo les pasan a ellos.

Como saben estoy metido en la cabeza del pelma y muchas de sus cosas me hacen meterme los dedos en la boca sin pretensiones anorexígenas, pero domingo por la tarde, después de ser sobornado por un arroz enorme que ese mismo plasta ha cocinado y que me reconcilia diariamente con él, un calor africano y una paga ausente, no me deja muchas más escapatorias que verme lo que pone en la televisión.

Explicada la coartada, déjenme que les cuente brevemente de qué va.

La espléndida pelirroja –valga la redundancia- Julianne Moore (Evelyn Ryan) es una ama de casa que contribuye a la economía familiar con unos pocos dólares que gana en concursos de televisión, de supermercados o de radio. Woody Harrelson es su marido, borrachín, incapaz de aportar el salario completo, fracasa como padre y como marido y parece que su única habilidad es la procreativa: diez hijos.


Los años van pasando y ella descubre que tiene una rara pericia para ganar esos concursos de inventar letras para jingles o reclamos publicitarios, hasta el punto que pueden comprar una casa –no crean que es un poltergeist, piensen en aquellos años y en Estados Unidos- y llenarla de muebles y lograr sobrevivir con otros premios que les permiten a veces llenar el arcón frigorífico y otras dejar a deber la leche.

No les voy a contar la trama completa y romper esos finales-conclusiones con que los americanos construyen su moraleja vital y que se basa en el mientras más trabajo más suerte tengo y es en este punto donde quiero dejar la película para adentrarme en la esencia de la suerte como anestesia ante la desesperación y la pérdida de la fe en el trabajo como dinamizador social.

No, de verdad, el pelma no le ha puesto nada al arroz, ni yo lo he rematado con una absenta. Y no es por virtuoso, es que no queda absenta en esta casa postbodeleriana. Es que, tras ver la película, me asaltan algunas dudas al respecto.

Uno siempre creyó que el esfuerzo personal y cierta dotación intelectual, permitían labrarse un porvenir en la vida. Y hablo de un porvenir de necesidades básicas con este confort que el primer mundo anuncia, no crean que aspiro a yates, acciones de campo de golf o apartamentos de inversión. Hablo de que si uno estudia, alcanza ciertos niveles de excelencia académica, trabaja duro, es capaz de mantener la baba en su sitio y no comete tropelías penales, debería llegar el momento en el que ese conjunto de brío y luces, le permita disfrutar de tranquilidad personal, que las inquietudes juveniles tornen quietudes en la madurez.

De hecho no debo estar tan equivocado con esa vertebración espiritual de lo que hemos llamado ser un hombre/mujer de provecho, ignoro si se sigue diciendo, y es todavía la zanahoria que se pone delante de los infantiles ojos para que consuman asignaturas, calificaciones, títulos, entrevistas, ascensos y todos esos peldaños que hemos ido pisando con irregular garbo, pero firme confianza que en la insistencia estaba la recompensa, según el adagio cañí de que el mundo es de los pesados.

Pero hete aquí que cuando uno lleva tachados ya muchos peldaños, encuentra que esa escalera no conduce al bienestar soñado y ve, envidioso, que hay otras que llevan más lejos y más alto. Y no es el diplomado que divisa por delante el humo desvaneciéndose de la mejor moto del licenciado, no es el funcionario B que piensa por qué no prepararía las oposiciones del grupo A, ¡qué va! Entre esos las diferencias son minúsculas o inexistentes. Tampoco hablo de esos que han jugado con los límites legales, que han traficado con las normativas, ni, lógicamente, de aquellos que han infringido las leyes. Hablo de aquellos que siendo menos trabajadores, menos cultos, menos listos, menos imaginativos, menos todo, han logrado encaramase a posiciones de poder, de seguridad, que les permiten un horizonte mucho más en cuesta abajo que otros, que lo ven quebrado, difuso y cada vez más distante.

La suerte. Creer que sólo la suerte ha contribuido a esas diferencias no sería justo. Es cuando tiramos de hipótesis blandas como la inteligencia emocional, estilos cognitivos, habilidades sociales, carisma y todas esos constructos que han adelantado a las competencias clásicas, para que los logaritmos o los análisis sintácticos iniciales, la anatomía, el civil o el cálculo de estructuras dejen de ser relevantes y se enfatice aquello que no forma parte de nuestro currículo, como la capacidad de trabajar en equipo, las relaciones sociales, la simpatía o el don de gentes. Las ecuaciones de segundo grado o la segunda declinación hubo que aprobarlas, como también fue necesario demostrar suficiencia en estadística o en historia contemporánea. Pero nadie dijo que un nudo Windsor o unas gotas de perfume en las corvas fueran fundamentales. Siempre se sospechó que ayudarían, junto con un buen par de apellidos y unas cuantas recomendaciones, pero nada esencial.

Pero el caso es que los esforzados que miran desde la escalera equivocada, han logrado una enorme competencia también en eso. Saben que la pluma estilográfica no se cuelga en el bolsillo exterior de la chaqueta, saben que la manicura es importante, han dejado los palillos en casa y guardan un par de medias en el cajón por si acaso. Tienen amigos, incluso una buena red de contactos, y de sobra saben que la cooperación es indispensable, incluso han cambiado el orden de los apellidos para buscar alguna distinción. Pero como son listos, advierten que siguen en el camino equivocado y ven a sus coetáneos menos sagaces encumbrarse, ven como cuando caen, ellos se desangran y a los otros les basta con una tirita. Y les duele.

Y tiene que ser la suerte, porque cuando esos inadaptados con todas las vacunas sociales puestas se pasean, encuentran un mundo poblado de mediocres, en sus clientes, en sus proveedores, en sus colegas. Los ven entre los profesores de sus hijos, entre los médicos que les atienden, en sus jefes, en los periodistas que escriben los periódico que leen, en la persona –quizá en plural- con que les engaña su cónyuge, en el camarero que les sirve una copa, en sus dirigentes, en los fiscales que les acusan y los jueces que les condenan.

Y poco a poco empiezan a verse mediocres a sí mismos, empiezan realmente a serlo, y ya no son capaces de distinguirse de los demás y empiezan a creer de verdad en la suerte y ven que por la vía del tesón y del sudor, por el sendero de la capacidad y de la chispa no van a llegar a sitio alguno. Saben que su única posibilidad es una primitiva o un euromillón que para algo saben inglés. Y dejan de esforzarse y piensan en paraísos; ante la imposibilidad de quince días en la costa, sueñan con un trimestre en un crucero. Y dejarán de votar y de pensar, y trocarán el término merecimiento, lleno de causalidad, por el de fortuna, lleno de aleatoriedad. Y ya han empezado a morir. Y el futuro del mundo con ellos.

La película está basada en el libro escrito por una de las hijas. No tenemos modo de saber en que escalera estaba situada la señora Ryan, pero logró que su suerte pareciera una profesión exitosa, o bien que su dominio de lemas y pareados se amparara bajo el dosel de su buena estrella, que a efectos de distribución divina se compensa con un esposo alcohólico y una existencia miserable, que se percibe tras una frase hostil dirigida hacia el marido y que bien podría ser el motto de la próxima campaña de igualdad: no quiero que me hagas feliz, quiero que me dejes serlo.

2 comentarios:

anuska dijo...

Estás calcao, no puedes hacerte una idea de cuantas veces me he hecho la pregunta de cómo esos personajillos de ná llegan a metas inalcanzables para otros... y ¿mediocres ?...!ni te cuento!, no es que sea nada especial, pero he pasado circunstancias en que me he preguntado si el mundo es de los normalitos...creo porque se dejan manejar.

No sé si se me puede considerar una triunfadora, pero desde luego si de repente se me fuera la vida, moriría feliz con lo vivido y sin haber anhelado nada fuera de pocos deseos. Lo que me gusta...muchas cosas, que no las puedo alcanzar...no me producen frustración, y me he habituado a tener muchas vidas, la emocional, la intelectual, qué sé yo, y con respecto a lo que dices que la preparación no dá ahora frutos, te entiendo y acepta que tal vez seas demasiado para los otros, que seguro algunas veces te darán de lado porque se sienten inferiores.
No creo que sea en absoluto una superdotada en nada, y especialista en menos cosas aún, pero si me he pasado toda la vida intentando saber y conocer, curioseando sin cesar, y cada día me siento más sola con los conocidos y amigos, porque es como si habláramos diferentes idiomas.
Por circunstancias vivo en una barriada popular, que no me importa en absoluto, pero si echo de menos hablar con gente igual que yo, ni mejores ni peores...parte no saben escribir, de leer ni te cuento, de lo que hablan ni me entero, porque tiene tampoco interés que enseguida me aislo...en fín joyitas, pero éso sí todos entienden de vinos tintos, de pescaos frescos y también los mejores coches, las mejores joyas... por éso cuando me topo cn alguien con quien se puede dialogar es como si me dieran vida.
Te he notado algo deprimidillo, no sé si es por cuestione laborales, pero digo yo que por lo menos papá-estado nos dará de comer ¿no?...hoy por hoy como, pero ya estoy ofreciendo platos a gente que conozco, porque se está pasando mal. y por éso me jode tanto, que algunos supermercados tiren comida y me resulta demencial que a la gente que se la lleva la quieran multar.

¿qué me queda por decirte?...¿te acuerdas de la canción "llámame si sufres"...?...pues escribe si sufres.
saludos...

Leandro María dijo...

Quizá los blogs sustituyan a los casinos de pueblo, de charla y café con leche, a las tertulias que no se pueden tener. Quizá la blogosfera sea ese café de Pombo del cuadro aun cuando hay tanto blog copy&paste.

En cuanto a la canción no recibió ni un solo punto en Eurovisión, así que para deprimidos el autor y el cantante.

Y una última cuestión ¿te parece que escribo poco?